Injerencia extranjera y populismo étnico
El gran campeón de la reacción étnica blanca es Donald Trump, el precandidato presidencial del Partido Republicano.
Es una buena ocasión para recordar, en Estados Unidos como en otras partes, que las mayorías pueden volverse despóticas, que las minorías tienen derechos y que el populismo étnico ha causado estragos.
Quién lo creyera, dentro de pocas décadas los blancos de origen europeo (en cierto sentido el equivalente de los "indígenas originario campesinos” de estas partes) ya no serán la mayoría aplastante que hoy son en los Estados Unidos. En este momento se estima que son más del 75% de la población. Se anticipa que en menos de 30 años, si exceptuamos a los blancos latinos, los blancos de origen europeo se habrán convertido en una pluralidad de poco más del 40% de la población americana.
Muchos de estos blancos están furiosos porque sienten que elementos foráneos les están quitando sus trabajos, su identidad y su país. Por regla general estos indignados son los blancos de menores ingresos y más bajos niveles educativos. Tienden a no simpatizar con las tres principales minorías étnicas, que son los negros, los latinos y los asiáticos. No lo dicen abiertamente, pero no los aceptan como lo que son, es decir, ciudadanos americanos de nacimiento o por haber cumplido los requisitos de nacionalización. Los inmigrantes ilegales añaden varios grados de furia a esta mezcla explosiva de supuestos impostores que se quieren adueñar del sueño americano. El gran campeón de la reacción étnica blanca es Donald Trump, el precandidato presidencial del Partido Republicano. Los americanos decentes y bien pensantes de todas las razas y colores políticos están absolutamente espantados de que un folklórico multimillonario de rostro rosado y peluquín color paja lidere las encuestas a pesar de sus declaraciones apenas veladas contra minorías étnicas, mujeres y otras partes blandas de la sociedad americana. Para muestra basta un botón. Trump dijo en el último debate republicano que Hillary Clinton se vio obligada a asistir a su último matrimonio porque había recibido grandes donaciones del millonario. Dio a entender que si uno tiene suficiente dinero, la clase política está en venta. Las cosas que dijo de la reportera conservadora Megyn Kelly, que le preguntó sobre sus declaraciones contra las mujeres, son punto menos que irreproducibles. Lo curioso es que muchas mujeres apoyan a Trump, tal vez porque perciben lo bien que hace sentir a sus hombres. En este momento tan sólo un 6% separa a Trump de Hillary Clinton, la precandidata favorita del Partido Demócrata. Ningún comentarista cree que Trump tenga la más mínima posibilidad de ser elegido presidente. La verdad es que nadie sabe hasta dónde puede llegar su discurso xenófobo, socarronamente antisistémico y volcado abiertamente contra todo lo políticamente correcto. Es duro reconocerlo, pero en los Estados Unidos hay un poderoso caldo de cultivo para la demagogia populista étnica que desarrolla con tanto éxito el precandidato presidencial Donald Trump. Y para colmo de los colmos aparece, por primera vez, una descarada injerencia extranjera en los asuntos internos de ese país que aprovecha esos sentimientos. Ante el asombro de la clase política americana, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, aceptó una invitación de la Cámara Baja de los Estados Unidos que no fue procesada ni ante el Departamento de Estado (la cancillería americana) ni ante la Casa Blanca. Netanyahu pronunció un discurso contra la política de Obama respecto a Irán que fue ovacionado por la mayoría republicana de la Cámara Baja. El ilustre invitado agradeció la ovación con las palabras "gracias América”. El famoso comentarista Fareed Zakaria le preguntó al presidente Obama si esta intervención de Netanyahu era inapropiada. Con la discreción e inteligencia que lo caracteriza, Obama respondió "eso es algo que le deberías preguntar a Netanyahu, si acepta que lo entrevistes”. Obama añadió que no podía recordar que jamás antes ninguna autoridad extranjera hubiera hecho lo que hizo Netanyahu. La mayoría republicana que ovacionó a Netanyahu fue elegida por un movimiento rebelde del Partido Republicano que se formó poco antes del actual protagonismo de Dondald Trump. Ese movimiento apareció con el nombre Tea Party, más o menos cuando Barack Obama adquirió protagonismo como candidato a la Casa Blanca. Con el candor que la caracteriza, la exaspirante presidencial del Partido Republicano Sarah Palin, de Alaska, reconoció que "el Movimiento Tea Party no existiría sin Barack Obama.” Lo único que le faltaba a este movimiento, receloso de las razas no blancas y las minorías étnicas, para convertirse en una fuerza nacional capaz de llegar a la Casa Blanca era un líder de gran talla. Sin ningún esfuerzo Donald Trump capturó a las bases del Movimiento Tea Party y ahora tiene toda la intención de adueñarse del venerable Grand Old Party (GOP) o Partido Republicano. Trump no tuvo ningún empacho en ratificar en medio del debate de precandidatos republicanos que si este partido no lo acepta como su candidato presidencial, fundará un tercer partido. Si eso sucede, al dividir el voto conservador, Donald Trump habrá sellado el triunfo de Hillary Clinton. Pase lo que pase, si la talla se mide por la presencia mediática, con Donald Trump como su héroe de cabecera la mayoría étnica blanca de los Estados Unidos es capaz de dar varias sorpresas al mundo antes y tal vez después de las elecciones presidenciales de 2016. Es una buena ocasión para recordar, en Estados Unidos como en otras partes, que las mayorías pueden volverse despóticas, que las minorías tienen derechos y que el populismo étnico ha causado estragos.
Página Siete
domingo, 06 de septiembre de 2015
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