Algunas claves para discernir los rumbos de la política exterior del presidente Trump hacia América
Según Mike Rogers, el veterano comentarista de seguridad nacional de la cadena CNN, tratar de entender las políticas de la administración Trump es como intentar ponerle calcetines a un pulpo.
Las primeras semanas de la gestión del presidente Trump han sido extremadamente fluidas, con posiciones cambiantes en lo que concierne a política exterior, personal despedido y faltante en el Departamento de Estado, al menos un súbito despido en el área de seguridad hemisférica (Craig Deare), una renuncia del más alto nivel (General Michael Flynn) en el área de seguridad nacional y un Fiscal General (Jeff Sessions) en la cuerda floja por no haber reconocido ante el Senado que se reunió con el embajador ruso durante la campaña electoral.
Hasta la entrega de este artículo no se conocía al máximo responsable para América Latina de la administración actual. Cuando John Kerry, Secretario de Estado de Barack Obama, dejó el cargo al haber jurado el nuevo presidente, su sucesor automático fue Thomas Shannon, un distinguido diplomático con amplia experiencia en América Latina.
Shannon fue Secretario de Estado interino desde el 20 de enero al hasta el 1° de febrero de 2017, fecha en la que juró al cargo Rex Tillerson, un ingeniero y alto gerente petrolero nombrado por el presidente Trump. En los breves 12 días de su gestión como Secretario de Estado interino Thomas Shannon puso en marcha una drástica reorganización y reducción del Departamento de Estado, presumiblemente bajo la conducción del futuro Secretario de Estado Rex Tillerson.
El primer borrador del presupuesto anual de los Estados Unidos preparado por la administración del presidente Trump a fines de febrero anticipó un severo recorte a los gastos diplomáticos, a los de ayuda exterior y a los de medio ambiente, así como un incremento considerable a los gastos militares.
Se puede suponer que el apoyo de los Estados Unidos a la democracia contará con menos recursos en el futuro y que tal vez se aumenten los gastos y los esfuerzos no solamente militares, sino también contra el tráfico de drogas ilegales, tanto en América Latina como en el resto del mundo.
Atención marginal al patio trasero
Con la excepción de México, América Latina figuró marginalmente en la pantalla del candidato Donald Trump. Se refirió muy de paso a Venezuela, Cuba y Argentina.
Respecto a Cuba el candidato Trump criticó la supuesta debilidad del presidente Obama. Lo acusó de no haber exigido más concesiones a Raúl Castro en lo que concierne al respeto a las libertades ciudadanas y los derechos humanos. Dijo que fueron gratuitos tanto el restablecimiento de relaciones diplomáticas como la apertura de intercambios turísticos, comerciales y educativos. Hasta el momento nada indica que el presidente Trump revertirá las iniciativas de Obama.
Lo que podría afectar de manera negativa las relaciones con Cuba es la intención declarada del presidente Trump de reponer Guantánamo como una prisión activa en la que no se puede descontar, según declaraciones del propio Trump, un retorno a prácticas inhumanas como ahogar prisioneros en agua hasta que entreguen toda la información que se les pide. Ampliar los usos de Guantánamo en ese sentido en vez de dar pasos para retornar esta parte de la isla a Cuba no mejoraría las relaciones de los Estados Unidos con el gobierno cubano ni la imagen de los Estados Unidos en América Latina.
En lo que toca a Venezuela, la recién inaugurada administración Trump ha lanzado una carta muy fuerte en contra del vicepresidente Tareck El Aissami, posible sucesor de Nicolás Maduro, sindicándolo a mediados de febrero de jugar “un papel significativo en el comercio internacional de drogas.”
OFAC, que es la sigla de la oficina de control de patrimonios extranjeros del Departmento del Tesoro, lo acusó de haber “facilitado embarcos de narcóticos desde Venezuela incluyendo el control de aviones que parten de una base aérea venezolana, embarcos de más de 1000 kilos de narcóticos desde Venezuela en numerosas ocasiones, incluyendo aquellos con destinos finales en México y los Estados Unidos.”
Podría ser que la decisión de sindicar a El Aissami en este momento y de esta manera hubiera sido tomada por funcionarios de menor rango sin el conocimiento del presidente Trump. Tampoco se puede descartar que el presidente Trump hubiera autorizado este paso con el fin de preparar el terreno para una acción aún más fuerte.
Cualquier acción de los Estados Unidos para intentar aprehender al vicepresidente de Venezuela en su país, tal como se hizo con el presidente Noriega de Panamá en 1989, daría una pauta sobre un posible retorno a prácticas intervencionistas abandonadas hace muchos años. En este momento nada indica que ese será el camino por el que opte la administración Trump, ni tampoco que el régimen de Nicolás Maduro y sus políticas cada vez más autoritarias figuren en los primeros lugares de la agenda del presidente Trump.
El pasado 15 de febrero el presidente Trump recibió en su oficina a Liliana Tintori, esposa del opositor venezolano Leopoldo López, encarcelado hace dos años por el régimen de Nicolás Maduro. Esa visita parece haber sido producto de una gestión del senador Marco Rubio, Republicano de La Florida, que aparece en la foto con Trump y Tintori, además del vicepresidente Pence. “Venezuela debería sacar de la cárcel inmediatamente a Leopoldo López, prisionero político y esposo de @liliantintori” escribió Trump en Twitter.
Mucho más que el efecto de esta visita un poco improvisada sobre el ánimo del presidente Trump, existe un tema que podría concentrar poderosamente su atención en Venezuela. Su reacción podría ser muy fuerte si se llegan a comprobar las acusaciones del canal televisivo CNN en sentido de que el vicepresidente El Aissami es el principal responsable de la entrega de pasaportes venezolanos y visas a ciudadanos sirios, libaneses, jordanos, iraníes e iraquíes, más aun si alguno de ellos tiene antecedentes terroristas.
Atención desmesurada sobre México
Muy al contrario de estos tres casos que por el momento son marginales, las presentaciones del candidato y el presidente Donald Trump están saturadas de México. Como candidato se comprometió a edificar una “bella” muralla en la frontera y a garantizar que los mejicanos pagarían su costo, con el supuesto objetivo de frenar la inmigración ilegal. También se comprometió a montar un servicio especial de captura y deportación de mejicanos que no hayan ingresado de manera legal a los Estados Unidos.
En el terreno económico decidió revertir el hecho de que México exporta a los Estados Unidos más de lo que importa. Algunas exportaciones mejicanas se producen en plantas industriales que fueron llevadas de los Estados Unidos a México. Otras se producen en plantas industriales que fabricantes europeos instalaron en México. Trump estima que esto es prácticamente un robo de empleos estadounidenses y una estafa a su país. Su idea es aplicar tarifas del 35% a todos los productos que provengan de estas fábricas.
En su primer día como presidente de los Estados Unidos Donald Trump firmó con orgullo una orden ejecutiva para retirar a su país del Acuerdo Trans Pacífico o Trans Pacific Partnership (TPP), que une a 12 países de la cuenca del Pacífico, al cual pertencen cuatro países latinoamericanos: México, Colombia, Perú y Chile.
En una embestida singular contra el libre comercio, el presidente Trump ha decidido unilateralmente revisar el tratado que une los mercados de Canadá, México y los Estados Unidos, denominado Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que se conoce en inglés como North American Free Trade Agreement (NAFTA) y en francés como Accord de libre-échange nord-américain (ALÉNA).
Todas estas acciones causaron una caída inmediata del peso mejicano y una reducción en las intenciones de inversión en México. La reacción mexicana a este ataque múltiple fue de extrema indignación. El presidente Peña Nieto canceló una visita al presidente Trump cuando este declaró que si Peña Nieto no venía dispuesto a pagar por el muro no valía la pena que lo visitara. Desde entonces el gobierno de Peña Nieto aumentó su popularidad en México, a la vez que mostró suma cautela en sus declaraciones respecto a los peligrosos desplantes de Trump.
El Secretario de Estado de los Estados Unidos Rex Tillerson y el Secretario del Departamento de Seguridad Nacional John Kelly visitaron México el 23 de febrero en un intento de calmar los ánimos y dar señales amistosas. Precisamente durante los escasos días de esa visita el presidente Trump declaró sobre México que “$70 billones de déficit en la balanza comercial sin incluir las drogas que fluyen a través de la frontera … serán un hueso duro, serán un hueso duro.”
Elogió al Secretario John Kelly por haber sido “increíble” al fortificar la frontera. “Por primera vez vamos a sacar a los jefes mafiosos, a los jefes de la droga, a estos malos tipos fuera del país a una velocidad que nadie ha visto jamás y ellos son los malos,” declaró Trump, llamando a este esfuerzo “una operación militar.” Mientras sus dos Secretarios intentaban una aproximación diplomática el presidente Trump redobló sus ataques contra México.
Por su parte el ex presidente mexicano Vicente Fox denunció en los términos más fuertes posibles las actitudes de Trump. Lo hizo en una notable entrevista con Stephen Sackur del programa Hardtalk de la BBC. “Vete al diablo Trump,” fue lo mínimo que dijo Fox. “Si Trump quiere que lo respeten tiene que empezar por aprender a respetar a los demás.” Se puede descargar esta entrevista en http://www.bbc.co.uk/programmes/p04s6mbk.
El regreso del americano feo
No cabe la menor duda que Trump pisoteó una delicada relación con un vecino que perdió enormes territorios conquistados por los Estados Unidos a mediados del siglo 19. Desde entonces las relaciones entre estos dos vecinos han sido marcadas a fuego por el sentimiento mejicano de haber sido victimados por una potencia más fuerte, y por la frecuente suposición estadounidense de que México tendrá que hacer, quiera o no quiera, lo que los Estados Unidos le digan.
Es muy posible que el presidente Donald Trump ignore estos detalles históricos y que le importen muy poco si alguien se los refiere. De una sola manotada contra México Trump ha asumido para sí mismo el casi olvidado rostro del americano feo, descrito en una novela política de 1958. Hasta el momento esa es la única carta de presentación de Donald Trump ante América Latina.
Y no es que el presidente Trump desconozca el famoso dicho empresarial estadounidense en sentido de que uno nunca tiene una segunda oportunidad de causar una primera impresión. Al parecer poco o nada le importa su primera o su última impresión ante los mejicanos, mucho menos ante el resto de América Latina.
Un primer resultado de estas actitudes soberbias es que los mejicanos en este momento reciben la mayor simpatía de toda América Latina. Con o sin esa simpatía, Estados Unidos tarde o temprano tendrá que llevar a cabo un acercamiento al país al que envía el 26% de sus propias exportaciones, del que recibe casi el 80% de las exportaciones mejicanas y donde viven de manera permanente casi un millón de ciudadanos norteamericanos.
Existen por otra parte graves problemas que requieren una cooperación muy estrecha entre los Estados Unidos y México. Drogas ilegales inundan el mercado estadounidense desde México, mientras en dirección opuesta armamento fabricado en los Estados Unidos es importado por las mafias mejicanas. El tráfico de personas que apuntan a ingresar de manera ilegal en los Estados Unidos está basado en o pasa por México, y es de suponer que el lavado de dinero por estas actividades ilegales debe combatirse de manera bilateral.
Cuanto más aplaste y humille a México, el presidente Trump sembrará más mala voluntad y odio hacia su persona y su país en América Latina, y postergará la solución de graves problemas que afectan a sus conciudadanos.
Lo que se agita en el fondo del alma de Trump
Antes de repasar la recientemente comprobada capacidad del presidente Trump de dar giros completos en sus políticas y descartar en un santiamén aspectos mayores de sus ofertas electorales, veamos cuáles han sido sus convicciones más profundas, según las ha publicado repetidamente durante los últimos cuarenta años, y cómo estas podrían afectar a sus relaciones con América Latina.
Thomas Wright, experto en la política exterior de los Estados Unidos de la prestigiosa Institución Brookings, las resume en tres puntos:
• Rechazo a alianzas con países extranjeros
• Rechazo al libre comercio
• Admiración hacia regímenes y gobernantes autoritarios
Según Wright, estas convicciones traducen una actitud profundamente aislacionista de parte de Donald Trump.
Respecto a las alianzas, es posible que Trump en su juventud hubiera escuchado algo acerca de la Alianza Para el Progreso, la política del presidente John F. Kennedy electo en 1961 que buscaba crear un bloque anti comunista latinoamericano para contrarrestar la influencia de la Cuba de Fidel Castro en el hemisferio hasta que fue asesinado en 1963.
A esa política le siguieron más de doce años de apoyo a feroces y sanguinarias dictaduras militares, que concluyó con la elección del presidente Jimmy Carter (1977-1981). El presidente Carter colocó el respeto a los derechos humanos y el retorno a la democracia al centro de su política latinoamericana. Estas dos últimas pautas se han mantenido por cuarenta años con mayor o menor énfasis bajo todas las administraciones que ocuparon la Casa Blanca desde Jimmy Carter hasta Barack Obama (1977-2017).
Una de las mayores preocupaciones de Donald Trump parece ser la expansión comercial y militar de la China. Podría ser que la predilección que ha demostrado hasta el momento por el presidente Putin y el gobierno ruso se deba en parte a un deseo de equilibrar el poder chino. No se sabe hasta hoy si en algún momento la administración Trump se preocupará por los enormes avances comerciales y políticos de la China en América Latina.
Mucho podría depender de si el presidente Trump decide desencadenar una guerra comercial contra México y China. Además de afectar a los países de América Latina que exportan bienes manufacturados a los Estados Unidos, eso podría provocar una recesión económica mundial con la posibilidad de un retorno a la división del mundo en bloques de potencias rivales y a las políticas que causaron la Guerra Fría, esta vez por razones económicas más que ideológicas.
Queda por verse si la animadversión de Trump hacia las alianzas extranjeras y el libre comercio deja el campo libre en la América Latina para la expansión comercial y política de la Unión Europea y la China. También queda por verse si la abierta simpatía de Donald Trump hacia gobernantes y regímenes autoritarios se extiende a los que todavía respiran en América Latina, incluyendo a los de Cuba, Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia.
Es paradójico en extremo que una persona que ha publicado páginas enteras pagadas en los principales periódicos de los Estados Unidos para expresar las opiniones aislacionistas señaladas por Thomas Wright, sea en los hechos un empresario ultra globalizado, con intereses comerciales en una enorme cantidad de países en todas las regiones del mundo, que contrata trabajadores extranjeros con visas especiales para sus empresas en los Estados Unidos y que fabrica muchos de sus artículos en países como China donde la mano de obra es altamente calificada y mucho más barata que en su país.
Las respuestas detalladas de Thomas Wright sobre las opiniones profundas de Donald Trump se pueden encontrar en la entrevista publicada en la revista Atlantic Monthly del 7 de noviembre de 2016: https://www.theatlantic.com/international/archive/2016/11/trump-election-foreign-policy/505934/.
Un experto pescador sabe cómo enturbiar las aguas
Ha causado algo de tranquilidad y mucho desconcierto en el mundo el desparpajo con el cual el presidente Trump en las primeras semanas de su gestión ha revertido sin que se le mueva un pelo varias de las posiciones más recalcitrantes de su campaña electoral.
Algunos ejemplos son su sorprendente oferta de la más amplia y plena protección militar al Japón después de haber insistido en que Japón así como Corea del Sur debían hacerse cargo de su propia defensa, al punto de sugerir que debían desarrollar sus propias armas nucleares; su aceptación oficial y pública de que China es un solo país a pesar de haber enfurecido a Beijín con sus declaraciones en contrario sobre Taiwán como la otra China; el mantenimiento de sanciones contra Rusia mientras retenga a Crimea y esté militarmente activa en Ucrania, muy a pesar de haber sostenido todo lo contrario muy poco antes; el dejar de insistir en el abandono del tratado de control del desarrollo de materiales nucleares por parte de Irán, tratado que durante la campaña electoral Trump denunció en los términos más fuertes posibles; y su apertura a aprobar legislación que regularice la situación de millones de inmigrantes indocumentados a pesar de haberse opuesto enérgicamente a esta medida durante la campaña.
En Israel debió sorprender su súbita oposición a la expansión de asentamientos israelitas en territorios reclamados por los palestinos, expansión que alentó como candidato; ni qué decir de su aparente apoyo a la solución del conflicto palestino-israelita mediante la absorción de los palestinos en el estado judío mientras su embajadora en las Naciones Unidas mantenía al día siguiente el apoyo tradicional de los Estados Unidos a la solución de dos estados mediante la creación de un estado palestino; ni de su silencio sobre su proclamada oferta de trasladar la sede de la embajada americana de Tel Aviv a Jerusalén.
En Rusia molestó de sobremanera su apoyo incondicional a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) después de haber sugerido muchas veces que esa organización era “obsoleta” y que los europeos deberían pagar a los Estados Unidos los costos de su defensa. Este giro le costó que la agencia oficial de noticias rusa dijera el 16 de febrero de 2017 que para entender a Trump es necesario estar borracho. Eso después de muchos meses durante los cuales esta agencia, el gobierno ruso y el presidente Putin apoyaron abierta y clandestinamente la campaña electoral de Trump.
Durante su campaña presidencial Donald Trump dijo que un buen negociador debe ser impredecible. En su visión empresarial lo principal es adaptar su oferta al mercado y descolocar a la competencia. Esto podría explicar en parte los giros de su política exterior. Como candidato ofreció las simplezas que más complacían a un electorado poco informado, indignado y temeroso de las consecuencias de la globalización y la automatización del trabajo.
Como presidente dice sin rubor lo que estima que tiene que decir una vez que tiene una lectura objetiva de la correlación de fuerzas y se ve forzado a encarar a los públicos involucrados. Con su reciente record de volteretas nadie puede predecir el próximo giro, que bien podría incluir retornos a sus anteriores posiciones.
No se puede descartar que esta sea la conocida táctica de agitar las aguas para enturbiarlas y luego obtener ventajas de adversarios o amigos confundidos con sus volteretas. El presidente Donald Trump podría ser un pescador que lleva a cuestas su propio río revuelto, una práctica que le ha dado excelentes resultados como empresario privado.
Ataque frontal a la democracia liberal
Como presidente de los Estados Unidos Donald Trump está dando las primeras señales de lo que podría convertirse en un intento sistemático de socavar las instituciones básicas de la democracia liberal, algo muy similar a lo intentado por el socialismo del siglo 21 en América Latina.
Desde antes de la Segunda Guerra Mundial se han desarrollado estrategias contra la democracia liberal basadas en las peores prácticas de la propaganda nazi de Joseph Goebbels y del agitprop de la KGB soviética. Hay una caja de herramientas para aplicar políticas anti liberales basadas en la manipulación sistemática de la opinión pública. Estas políticas y esas herramientas tienen orígenes y efectos muy diferentes de los aplicados por el autócrata variedad de jardín latinoamericano, que suele ser un personaje más o menos elemental dotado de un fuerte carisma populista y un carácter atrabiliario y avasallador.
Por el contrario los neo-populismos del siglo 21 tienen dos vestimentas detrás de las cuales se esconde una gran animadversión contra la democracia liberal y los mercados abiertos. Existe la vestimenta de una supuesta izquierda y la de una supuesta derecha. Guardando las proporciones, Donald Trump y Evo Morales distan entre sí por su vestimenta externa, pero tienen al menos una cosa en común. Son amigos de Vladimir Putin y grandes admiradores de su estilo de gobierno.
Su objetivo real es dar fin con las instituciones, las libertades y los derechos de la democracia liberal, para lo cual necesitan adueñarse del poder de manera monopólica, anulando cualquier forma de oposición mediante la descalificación y denigración sistemática de los opositores. Esto viene acompañado de una narrativa que pretende que todo lo que vino antes de ellos fue absolutamente nefasto, una actitud denominada por el ex presidente Carlos Mesa como “el complejo de Adán.”
Todo esto se basa en la explotación del sentimiento de pérdida de identidad sustentado sobre dos pilares: apelar a la identidad étnica y a la identidad ética. El objetivo es dividir a la opinión pública para imponer programas que carecen de apoyo mayoritario. Entre las herramientas utilizadas por estos gobiernos están los movimientos sociales, actores que Ricardo Paz Ballivián denomina “minorías eficaces.”
Los que apoyan a Donald Trump son en general blancos de origen europeo como él, cuyo estándar de vida se ha estancado debido a la automatización del trabajo y la fuga de empleos a países donde la mano de obra es a la vez altamente calificada y muy barata. Identifican sus frustraciones con el mensaje subliminal de supremacía blanca que se deslizó durante la campaña electoral de Trump.
A pesar de que Trump es un multibillonario, sus empobrecidos seguidores se identifican con su ética de desprecio hacia los inmigrantes y las minorías étnicas, con su comportamiento violatorio de las normas políticas aceptadas en los Estados Unidos y con su éxito empresarial basado en empujar todos los límites legales y éticos al tope de lo posible.
Esta identificación fue ejemplificada de manera magistral por el carácter personal que supo imprimir el candidato Donald Trump a su campaña, llámese nueva ética de la sinceridad contra lo políticamente correcto, o manipulación poco ética de la verdad según cada quien lo juzgue.
Trump se esfuerza por llegar directamente a los públicos que comparten su visión. Sus tácticas incluyen ataques violentos y sistemáticos contra los medios de comunicación social. Paradójicamente, esos ataques le permiten obtener una amplia cobertura mediática. En su mensaje de twitter del 17 de febrero de 2017 Trump denunció a los medios como enemigos del pueblo de los Estados Unidos. Nunca antes un presidente de este país dijo algo así. Este breve mensaje obtuvo una amplia cobertura en los medios de comunicación más respetados de los Estados Unidos.
El presidente Trump y su entorno sostienen la teoría de “noticias falsas.” Según ellos, todas las críticas que les son adversas están basadas en mentiras, mientras que la gran variedad de falsedades que ellos sostienen son repetidas como la pura verdad. El mejor ejemplo de esto último es la declaración de que los casi tres millones de votos con los que ganó el voto popular la candidata Hillary Clinton fueron emitidos por inmigrantes ilegales. Ningún experto electoral admite esta evidente falsedad, repetida hasta el cansancio por Trump y sus colaboradores inmediatos.
Cuando un juez suspendió temporalmente la orden que pretendía restringir indiscriminadamente el ingreso de personas de siete países árabes a los Estados Unidos, el presidente Trump dijo que se trataba de un “así llamado juez.” Declaró que lo único malo de su orden ejecutiva fue que un juez la suspendió. La defensa de su gobierno ante este juez se basó en que el poder ejecutivo tiene la más amplia facultad de emitir órdenes, y que ese poder está más allá del alcance de la justicia.
El presidente Trump se ufana de ser poco tolerante. No acepta que sus oponentes sean leales adversarios. Prefiere tildarlos de enemigos. No promueve los valores y las instituciones de la democracia liberal. Hasta el momento sus fines parecen ser mucho más adversos y refinados que los de un tradicional tirano latinoamericano.
Dos visiones estadounidenses sobre el presidente Trump
Esta tendencia ha sido detectada por una prestigiosa corresponsal de prensa en un artículo titulado “Nuestro Putin,” publicado en el New York Times del 19 de febrero de 2017. Susan B. Glasser fue corresponsal en Moscú del Washington Post del 2001 al 2004 y es co-autora del libro “El surgimiento del Kremlin: la Rusia de Vladimir Putin y el fin de la revolución.”
En su artículo Glasser sostiene que los americanos “no deberían preocuparse demasiado sobre si Trump y el líder ruso están trabajando juntos, sino sobre lo que tienen en común.” Muestra con lujo de detalles y conocimiento de causa la similaridad de objetivos y métodos que existe entre los 17 años de Vladimir Putin y los inicios de la gestión de Trump.
Termina con una nota optimista. Según ella los Estados Unidos “no están recargados con la historia de tiranía y totalitarismo que obsesiona a Rusia. Tenemos un record exitoso de 229 años de democracia constitucional que debería sobrevivir de lejos a la era de Trump.”
Sostiene que “mientras que los adornos y poderes asociados con la ‘presidencia imperial’ que en este momento ostenta el Sr. Trump han venido creciendo desde que el historiador Arthur M. Schlesinger Jr. popularizó esta frase durante la era de Nixon, también tenemos robustas instituciones de equilibrio de poder, como una prensa libre e independiente y una judicatura federal, que ya están demostrando una profunda resistencia al tipo de técnicas de aplanadora política que el Sr. Putin desplegó de manera tan efectiva en Rusia.”
Este artículo se encuentra en https://www.nytimes.com/2017/02/18/opinion/sunday/our-putin.html?emc=edit_th_20170219&nl=todaysheadlines&nlid=58240358&_r=0
Según una visión un poco más anecdótica, “Trump es el primer presidente latinoamericano de los Estados Unidos.” Eso es lo que sostiene un análisis del respetado periódico Washington Post del 26 de enero de 2017. “Trump … ha importado un estilo político que está sacralizado en la política latinoamericana: el del demagogo nacionalista ... Con la elección de Donald Trump ahora podemos ver que los Estados Unidos son en verdad una parte de las Américas en su conjunto y que comparten esas patologías [populismo, autoritarismo, personalismo, machismo, racismo y caudillismo].”
El artículo viene acompañado de una ilustración del presidente Trump en uniforme del típico caudillo militar latinoamericano. (https://www.washingtonpost.com/news/worldviews/wp/2017/01/26/trump-is-the-u-s-s-first-latin-american-president/?utm_term=.140e54931f59)
Ante coincidencias tan marcadas entre el presidente Trump y los autócratas que se auto nombran socialistas y que hoy todavía florecen en América Latina se podría pensar que habrá una gran afinidad política entre estos regímenes anti-neoliberales. Ese sería un gran error. El día que el presidente Trump o sus asesores se fijen en los desplantes anti-imperialistas de los regímenes del socialismo del siglo 21 es probable que dispongan un combate cerrado contra esos regímenes.
Las políticas son el hombre
“La mayor parte de los presidentes tienen un sentimiento muy fuerte de la dignidad del cargo que ostentan. El Sr. Trump ha despedazado toda norma de campaña electoral, y parece estar haciendo lo mismo con las tradiciones de su cargo.” Esa es la opinión altamente calificada de John Dean, abogado del presidente Richard Nixon durante el escándalo de Watergate, quien evadió una larga condena a prisión gracias a haber testificado contra sus colegas de la Casa Blanca.
Una opinión de todavía mayor peso la brinda James Baker, el más respetado estadista del Partido Republicano, quien observó en una interesante entrevista con la revista “Político” que en la Casa Blanca las políticas derivan del carácter de sus ocupantes.
Entre sus consejos al presidente Trump está el “dejar de exagerar la relación de los Estados Unidos con México, no esperar que México pague el muro, no actuar como “abogado de Israel,” no ser aislacionista, apoyar a la OTAN y mejorar mucho más el trabajo con los otros centros de poder de Washington – el Congreso y el Gabinete – antes de anunciar nuevas políticas disruptivas como el bloqueo temporal de refugiados.”
“No es el muro en sí – eso es cumplir con una promesa de campaña tal como lo ve Baker. Pero insistir en que México lo pague incluso mientras se espera que el presidente Enrique Peña Nieto visite la Casa Blanca le pareció a Baker un insulto gratuito, dado que para ningún presidente mejicano sería políticamente posible estar de acuerdo con semejante cosa.”
Según esta entrevista, Baker concluye que lo que más desea el presidente Trump es tener éxito, y que eso lo llevará eventualmente a escoger caminos más sensatos y moderados en su política exterior. El evidente sentido común de James Baker salta en la entrevista que se puede leer en su totalidad en http://www.politico.com/magazine/story/2017/02/james-baker-interview-donald-trump-ronald-reagan-214742.
El Perú se cura en salud
El primer presidente latinoamericano en visitar la Casa Blanca bajo la presidencia de Donald Trump fue Pedro Pablo Kuczynski del Perú. Durante su visita del 23 de febrero Kuczynski resaltó que prefiere construir “puentes a muros” y que su país está interesado en el movimiento libre de personas. Añadió que “el Perú no ha exportado criminales a los Estados Unidos,” sino “enfermeras, médicos, toda clase de gente.”
Esta visita partió de una pequeña ventana de oportunidad que el presidente Kuczynski supo aprovechar. La Universidad de Princeton, donde estudió hace muchos años, lo invitó para darle un premio como ex alumno destacado el 25 de febrero. Con gran velocidad mental el presidente del Perú logró concertar una visita al presidente Trump un par de días antes de recibir su premio.
Durante la campaña electoral de Donald Trump el presidente Kuczynski dijo que la propuesta de construir un muro en la frontera con México era “un crimen.” Una vez que Trump asumió la presidencia Kuczynski criticó al gabinete de Trump como enemigo del medio ambiente.
Como liberal clásico de derecha el presidente Pedro Pablo Kuczynski tiene muy poco en común con el presidente neo-populista Donald Trump, cuyas políticas carentes de una clara ideología favorecen a los billonarios y parecen favorecer a los blancos empobrecidos de clase media. La oportuna visita del presidente Kuczynski a la Casa Blanca le permitió curarse en salud ante un régimen que puede tomar medidas impulsivas no solo en Europa y Asia, que en este momento son sus prioridades, sino también en América Latina, si algún día le llega a prestar atención.
Riesgos para el gobierno boliviano
Las reacciones del presidente Trump y sus colaboradores hacia la mayor parte de América Latina parecen ser por el momento impredecibles. Lo mejor que puede hacer el gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia es mantener un perfil bajo y no criticar a Donald Trump y su gobierno.
Bolivia, como miembro rotatorio del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el 28 de febrero votó con China y Rusia en contra de una resolución apoyada por los Estados Unidos, Inglaterra y Francia que condenaba por séptima vez el uso comprobado de armas químicas por parte del régimen sirio de Bashar al-Assad contra su propia población.
Si alguien informó al presidente Trump de este voto que vetó por séptima vez una resolución apoyada por los Estados Unidos, lo más probable es que Trump hubiera preguntado ¿Dónde queda Bolivia? ¿Quién diablos es su presidente? ¿Así que es presidente de seis federaciones de productores de coca? ¿Cómo podemos darle una lección?
Es muy posible que los desplantes del presidente Trump y su desprecio por la diplomacia terminen sembrando en América Latina las semillas para el retorno de un izquierdismo y un anti-americanismo aún más radical y dogmático que el del socialismo del siglo 21.
Si las autoridades bolivianas persisten en hacerse notar innecesariamente por los asesores de Donald Trump, eso podría desencadenar una reacción fastidiosa para el régimen boliviano, que ya no está en su mejor momento.
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Walter Guevara Anaya fue catedrático en lógica, estética y filosofía política, así como consultor en desarrollo democrático en varios países.
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